Mi Historia

 

Desde pequeña, el arte ha sido mi refugio y mi forma de expresión. Crecí rodeada de música y creatividad, tomando clases de piano y explorando el mundo del arte con admiración. Siempre sentí que cada vez que dibujaba o pintaba, algo dentro de mí se transformaba. No era solo plasmar colores en un lienzo, era descubrir quién soy y lo que quiero compartir con el mundo.

A lo largo de mi camino, entendí que el arte es más que una imagen bonita: es energía, emoción y un puente hacia lo divino. Siempre he sentido una conexión especial con el cielo, ese “abstracto permanente” que cambia cada día, regalándonos colores y luces irrepetibles. Para mí, el dorado representa el sol y su energía vibrante, mientras que el plateado refleja la serenidad de la luna. Cada color y textura en mis obras tiene un propósito: transmitir luz, armonía y una sensación de paz profunda.

Hubo un momento en mi vida en el que me alejé del arte, pero un sueño me recordó cuál era mi propósito. Sentí que Dios me mostraba que el arte es un don y que muchas veces las personas tienen “las manos atadas” sin hacer lo que realmente deben hacer en la vida. Para mí, pintar es un deber, una misión, una forma de sanar y de transmitir lo que las palabras no pueden expresar.

Mi arte no solo busca embellecer un espacio, sino ser un canal de tranquilidad y conexión espiritual para quienes lo contemplan. Cada obra es única, creada con el deseo de que quien la posea sienta su energía, su luz y su propósito.